6 oct. 2009

Luis Carlos López


Por William Ospina

En Colombia no se dice Luis Carlos sino el Tuerto López. Ello parece sólo una concesión a las maneras de la aldea, que siempre impone a los vecinos un nombre singular, un nombre que exagera sus características físicas o morales más evidentes. Es hábito de todas las aldeas, acaso de todas las culturas, y tal vez surge de la oscura intuición de que siendo único cada ser humano, los nombres de pila responden menos a esa singularidad que los apelativos específicos. Éstos suelen ser un poco injustos por lo que nombran y demasiado injustos e incluso despiadados por lo que olvidan, y en cambio la virtud de los nombres convencionales está en que no tienen significado, a pesar de los esfuerzos de la etimología y de la heráldica, y conservan la dignidad de lo cifrado y de lo abstracto. Sin embargo, creo que en el nombre corriente de El Tuerto López hay una alusión al espíritu de su poesía. Suele repetirse que en su caso "tuerto" no designa a quien carece de un ojo sino a quien tiene uno torcido. Hay también en Cartagena una torre torcida, a la que se llama de igual modo: la Torre tuerta.

Pues bien, la poesía de Luis Carlos López se caracteriza por una tendencia contínua a mirar la realidad de través, por explorar en ella ángulos imprevistos. La faceta más conocida de su obra es el humor: humor profundo, delicado y corrosivo, que alía la nitidez de las atmósferas y la hondura psicológica con el uso magistral del ritmo y de la rima. Cualquier poeta naturalista, enfrentado a uno cualquiera de los temas de López, lo resolvería de un modo mucho más convencional. Le daría, por ejemplo, este orden: "Es domingo. Me asomo a la ventana mientras limpio un fusil, y veo pasar al cura de la aldea, estirado e imponente, envanecido de su poder sobre el pueblo ignorante y sumiso. Me irrita su ostentación y su indiferencia ante la miseria de la comunidad, y francamente me dan ganas de hacer alguna cosa con el arma que tengo en las manos". El tema es fuerte, pero expuesto de esa manera no alcanzará jamás el efecto humorístico, la fuerza crítica en términos políticos, y por supuesto la eficacia sintáctica que López es capaz de darle. Así resuelve el tuerto este tema:

La sombra, que hace un remanso

sobre la plaza rural,

convida para el descanso,

sedante, dominical.

Canijo, cuello de ganso,

cruza leyendo un misal,

dueño absoluto del manso

pueblo intonso, pueblo asnal.

Vistiendo rica sotana

de paño, le importa un higo

la miseria del redil.

Y yo, desde mi ventana,

limpiando un fusil me digo

¿Qué hago con este fusil?

Sus recursos son poderosos. El primero, a mi ver, es el comienzo inocente, que nada deja adivinar de la intención del poeta. Los cuatro versos iniciales sólo construyen una atmósfera, la letárgica atmósfera de un domingo en un pueblo del trópico. El sol, la quietud, el silencio. El ámbito exacto de un pueblo de García Márquez, cincuenta años antes de García Márquez, y todo lo que hay en el poema podría caber perfectamente como una viñeta de La Mala Hora, de El Coronel no tiene quién le escriba o de En este pueblo no hay ladrones. Viene enseguida la descripción del personaje central y es admirable que no lo nombre, sino que lo defina por sus atributos: la complexión, el gesto, la ostentosa actividad, la arrogancia. Sólo dos elementos evidencian que es un cura: el misal y la sotana, pero los otros revelan que no es un cura cualquiera sino un típico representante de esa ralea clerical de otro tiempo que oprimía por igual la bolsa y la vida de los feligreses. El lenguaje va pasando con naturalidad de la descripción a la meditación. El hecho desencadena el sentimiento, y la intempestiva cólera que hay en la pregunta final sobre el uso del fusil hace perfecto el desenlace humorístico. Una gran nobleza del estilo hace que el poeta no libere al final su sentimiento de hostilidad. Si dijera: me dan ganas de pegarle un tiro, ese rasgo de humor brutal destruiría el poema y lo dejaría reducido a una broma. Pero la falsa incertidumbre de la pregunta: ¿Qué hago con este fusil? le da todo su filo crítico. Estamos ante un hombre indignado que ha tenido una peligrosa tentación. Es evidente que no caerá en ella, pero en el poema está la expresión de su rebeldía, y sabrá comunicarla a otros de un modo más poderoso y sutil que una detonación.

Casi no hay poema de Luis Carlos López donde no sea perceptible esa maestría suya con el lenguaje, esa elegancia del tratamiento, esa precisión y ese rigor. Otros escritores interesados en el humor suelen ser excesivamente cerebrales: él sabe que lo fundamental es la entonación, los matices de la voz, la posibilidad de trasmitir melancolía, compasión, desdén, ternura. Pensemos en su poema más repetido, el soneto que dedicó a su ciudad nativa, Cartagena de Indias. La primera tentación de un poeta allí es la de exaltar el pasado legendario de la ciudad, su condición de baluarte contra los corsarios, su fuerte inconmovible, sus murallas, las calles tortuosas enternecidas por el atardecer, los patios con resonancia de cántaros que se entrevén por las ventanas, los asedios del mar y de los siglos. También a López le importan todas esas cosas, pero su tono es melancólico. Él mencionará todo, pero le dirá a la ciudad su ternura en los intersticios de los versos, se conmoverá más fácilmente con lo pequeño que con lo inmenso, con lo cotidiano que con lo heróico.

Noble rincón de mis abuelos, nada/ como evocar, cruzando callejuelas,/ los tiempos de la cruz y de la espada,/ del ahumado candil y las pajuelas./ Pues ya pasó, ciudad amurallada,/ tu edad de folletín; las carabelas/ se fueron para siempre de tu rada,/ ya no viene el aceite en botijuelas./ Fuiste heróica en los tiempos coloniales,/ cuando tus hijos, águilas caudales,/ no eran una caterva de vencejos,/ mas hoy, plena de rancio desaliño,/ bien puedes inspirar ese cariño/ que uno les tiene a sus zapatos viejos.

Como si la ciudad ignorara que los tiempos cambiaron, como si lo que quisiera el poeta fuera despertar a la ciudad de su sueño, de sus delirios con una grandeza perdida, y revelarle que ha llegado la edad de lo cotidiano, y que no debe temerle a esa nueva época, el poema se vuelve informativo: Pues ya pasó, ciudad amurallada..., y la revelación más importante, para el niño que hay en el poeta, no es que las carabelas se fueron hace mucho, sino esa otra, llena de amor por las cosas de cada día, y que pronuncia con mucha más desolación: ya no viene el aceite en botijuelas! En toda la poesía del tuerto López está también ese deleite con las cosas, ese amor por los objetos, por los sitios precisos, por las circunstancias exactas, esa rebelión contra la vaguedad y contra la imprecisión que caracterizaron por mucho tiempo casi toda nuestra poesía. Aquí podemos percibirlo, a la fórmula convencional: los tiempos de la cruz y de la espada, él opone con nitidez formas habituales perdidas: el ahumado candil y las pajuelas; a la imagen convencional de las carabelas que no volvieron nunca, una pérdida concreta: las deploradas botijuelas del aceite casero. A las heráldicas águilas caudales, la caterva de vencejos del presente. Una vez más, la estructura del poema no es casual, el desenlace es consecuencia de su ritmo y de su búsqueda de realidades prosaicas y amables con las cuales sustituir las grandezas un poco infatuadas de antaño. El cariño por las cosas viejas es uno de esos temas imperecederos de la literatura. La frase de Kafka: un escalón que no esté profundamente gastado por los pasos no es, al fin y al cabo, más que un poco de madera más bien triste, pinta muy bien el espíritu de esa vieja cultura europea cada vez más contrariada por la manía de lo nuevo que envenena a la cultura de los Estados Unidos y del mundo contemporáneo. El amor a la vieja ciudad es el mismo amor que uno le tiene a sus zapatos viejos, a lo que ha sido largamente ocupado por nosotros y se ha ajustado a lo que somos.

Todos sus poemas parecerán a un lector desprevenido juegos de ingenio y bromas distinguidas. Muy pronto se advierte, sin embargo, la intensa realidad humana que los sustenta, y que los convierte en fragmentos poderosos de un mundo. Algún parentesco tienen con la poesía, escrita por la misma época, de Edgar Lee Masters, y con la un poco anterior de Robert Browning en Inglaterra. El mismo gusto por la realidad escueta, la voluntad de mostrar el misterio de lo cotidiano, la misma fascinación por las cosas. Browning sabe detenerse en los dedos que tocan en la vidriera, en la azul aparición de un fósforo encendido, en las vetas de una piedra, en las trenzas artificiales que exhiben en los mercados callejeros; Lee Masters, en el acto de vestirse y de afeitarse, en los hombres que huelen a whisky y a cebollas, en el modo como el ciego raspa el violín en la feria, en las mascotas de los solitarios. También Luis Carlos López tiende a esquivar la abstracción, como algunos ilustres contemporáneos suyos en la América de habla española, como Lugones en sus versos más conmovedores, como Herrera y Reissig en los más eficaces, como López Velarde, con quien a menudo y con justicia se lo compara:

suave patria, vendedora de chía,

quiero raptarte en la cuaresma opaca,

sobre un garañón, y con matraca,

y entre los tiros de la policía

como Horacio Rega Molina después, e incluso, antes de estos, como el joven y malogrado Evaristo Carriego. Ese amor por los objetos y los hechos precisos venía del Modernismo, pero Darío y los suyos se esforzaban por sustraer esas cosas a su atmósfera corriente y por exaltarlas a la condición de símbolos o darles un puesto privilegiado en el orden de lo real. Los trajes de seda y las magnolias blancas de Darío, las mágicas notas que perla la orquesta, la pavana galante en el dulce violín, los brazos del paje que estrechan a Eulalia, son cosas todas que quieren escapar a su condición terrenal y ser sólo música o símbolo. Tal vez Gutiérrez Nájera y Silva sintieron mejor la peculiar poesía de lo corriente, de lo que no tiene luz especial que lo ilumine ni amable glorieta que lo aureole. De ahí que sintamos a Nájera más cerca de Luis Carlos López cuando nos dice cosas como estas: Si alguien la alcanza, si la requiebra,/ ella, ligera como una cebra,/ sigue camino del almacén,/ pero ay del tuno si alarga el brazo,/ nadie lo salva del sombrillazo/ que le descarga sobre la sien./ También a Silva sobre todo en sus prosaismos deliberados: Un biberón que guarda mezcladas dos terceras/ partes de leche hervida y una de agua de cal,/ el vaso que reclama las despabiladeras/ junto a la palmatoria verdosa del metal,/ ....../ dos cucharas dulceras,/ un reverbero viejo y un chupo y un pañal./

El tuerto sabe crear un clima espiritual con pocas palabras, sin abandonar lo concreto, y se mueve con fluidez entre estados anímicos aparentemente contradictorios. Se ha muerto el campanero de la iglesia, y los primeros acentos del poema son trágicos. Lo más conmovedor, justamente, es que al campanero lo despida su propio instrumento:

Se murió Casimiro, el campanero

de la iglesia rural, y esta mañana

lo llevaron al último agujero,

con tres o cuatro dobles de campana.

Los dos últimos versos han desnudado el tono nihilista del poeta: la tumba no es un respetable panteón sino, irrisoriamente, el último agujero, la despedida no es solemne sino casi distraída, tres o cuatro dobles de campana. El tono cambia completamente en la segunda estrofa. Ahora de la lamentación se pasa al contraste entre la muerte pesarosa y la insolencia de la vida que no se rinde.

Se lo llevaron bajo un aguacero,

definitivamente, y quedó Juana,

su sobrina, sin sol y sin alero,

y tan hermosa como casquivana.

Súbitamente el poema luctuoso y sombrío se ha convertido en un cuadro de energía y en un episodio de murmuración. Una vez más el poeta nos dará una prueba de su ironía: finge lamentar cosas que en realidad lo divierten, y las resalta de un modo que sería doloroso si no fuera burlón:

Y quién podrá decir que Casimiro

no apuró, sorbo a sorbo, entre un suspiro

y otro suspiro un cáliz de amargura

Y el poema que ha ido pasando por los matices de la tristeza, el luto, las irrisiones de nuestra condición mortal, las paradojas de la vida que siembra sus flores insolentes en la negra tierra de las tumbas, viene a concluír con tres versos malignos que son un retrato de la aldea: el comadreo de las vecinas, la burla de la autoridad, la revelación de una historia secreta cuyo escándalo tiene la dimensión del mundo en que ocurre:

Conociendo la lengua viperina

de las devotas, conociendo al cura

y conociendo tanto a su sobrina!

Hablar de Luis Carlos López exige hablar de esos pequeños milagros sintácticos que son la poesía, y en ellos, de la experiencia de un poeta que pasa por la lengua produciendo contínuas descargas de energía en el fluir de las frases, de alguien que está reinventando la capacidad de la lengua de reir, de cotillear, de asumir máscaras, de trasmitir emociones y gestos. Tenemos poetas como Barba Jacob que siempre utilizan un tono grandioso y patético. No podemos deplorarlo ni censurarlo porque harto nos demuestra su vida que sólo en la poesía era sincero, que ese era el tono en que verdaderamente entregaba las profundidades de su ser, su más honda actitud hacia la vida. No podemos esperar que por un momento siquiera se vuelva a mirar a derecha y a izquierda, y viendo que no hay nadie, baje la voz y nos susurre en el oído una confidencia. Eso es algo que puede hacer León de Greiff, quien comienza una estrofa declarando algo tremendo y definitivo:

Yo estoy solo, estoy solo, vasta sombra

Ciñe mi soledad, que ya delira,

Y de pronto cambia de tono y nos susurra maliciosamente otra versión de los hechos:

Mentira, no estoy solo, ella me nombra,

Y en sus sueños me mira.

Pero Luis Carlos López sí maneja siempre esa complicidad con el lector. La sentimos nítidamente en un poema casi de ocasión, en el cual el poeta está solo, y nos pinta su tedio, pero después parece burlarse de sí mismo al mostrarnos cómo la aparición de un elemento en la atmósfera modifica su actitud:

Cielo y mar, cielo y mar, indiferente

me tiendo en un rincón, hecho un lingote,

porque si voy al camarote, al puente

torno con más spleen del camarote.

Si a lo menos, inesperadamente,

surgiera allá en el mar, en el cogote

del hondo mar, eterno delincuente,

la blanca vela triangular de un bote.

La blanca vela, un farallón, un faro,

o cualquier cosa, en este desamparo.

Más de improviso, linda y fachendosa,

cruza una camarera, ¿de manera

que aquí tenemos una camarera?

¡Caramba, ya la cosa es otra cosa!

Borges sugirió alguna vez que declaráramos inválida la crítica de las obras completas, y que optáramos por una crítica menos ambiciosa pero más posible, la de los momentos de esas obras. Yo diría que hay ciertos autores que toleran la crítica abarcadora. Grandes y venerables literatos y poetas pueden ser tratados, con justicia, desde las generalidades. Se puede hablar en abstracto y en general de Whitman y de Baudelaire, de Paul Valery y de Byron, pero de Verlaine o de Emily Dickinson, de Wallace Stevens o de Browning, sólo se puede hablar en detalle. Y así es nuestro López, un hombre lleno de destrezas, lleno de inventos, ocurrente sin tregua, siempre pensativo y siempre lúcido, siempre burlón y siempre elegante, que muy pocas veces cae en lo grotesco (nadie está totalmente a salvo) y que se permite utilizar la poesía para fines meditados, cuando tantos otros poetas tienen que limitarse a esperar que la poesía les dicte los versos sin confesarles siquiera sus propósitos. Por los tiempos en que López escribía, poco antes o poco después, Enrique González Martínez escribió su famoso grito de guerra: Tuércele el cuello al cisne de engañoso plumaje, frase que ha tenido tanto éxito que nos hace olvidar que González Martínez no es la mejor encarnación de ese credo combativo, y que en realidad sus mejores poemas no son estrangulaciones del cisne modernista sino discretas y conmovidas prolongaciones de esa estética. En cambio no hay poema de Luis Carlos López, y también son así los mejores de López Velarde, que no maltrate a esas pobres aves retóricas. El tuerto es un verdadero francotirador contra toda la grandilocuencia rubendariana, y contra los símbolos estereotipados de nuestra poesía de aldea. Siempre tiene una sonrisa contra todo lo que empiece diciendo Oh, y como el himno nacional de Colombia es todo una larga cadena de exclamaciones, un Oh interminable proferido justamente por un paisano de López, el siempre presidente de la república y siempre candidato a poeta Rafael Núñez, los poemas del tuerto son burlas a la ceremoniosidad oficial y torturas incesantes al largo cuello del cisne republicano. No sin malicia comienza su poema a la luna con la exclamación pérfida: Oh luna...

Oh luna, que hoy te asomas al tejado

de la iglesia en la calma tropical,

para que te salude un trasnochado

y te ladren los perros de arrabal.

Oh luna, en tu silencio te has burlado

de todo, en tu silencio sideral,

viste anoche robar en despoblado

y el ladrón era el juez municipal.

Mas tú ofreces, viajera saturnina,

con qué elocuencia en los espacios mudos

consuelo al que la vida laceró,

mientras te cantan en cualquier cantina

melancólicos bardos melenudos

y piojosos, que juegan dominó.

Que la poesía sea honda y seria sin dejar de ser encantadora; que la poesía cifre su mensaje no en grandes proclamas sino en pequeños gestos, en matices de la mirada, en cortes filosos sobre la superficie de la realidad, eso es lo que Luis Carlos López logra incesantemente. Por supuesto que sabe ser melancólico sin ironía:

Tu organillo triste, tu organillo viejo,

Cuando a medianoche, bajo los balcones,

Gime tristemente, con amargo dejo,

De seguro arrulla muchos corazones...

Pero su tono inolvidable es el de esos poemas a sus viejos condiscípulos en los que deplora el naufragio de los sueños juveniles:

Mi buen amigo el noble Juan de dios, compañero

De mis alegres años de juventud, ayer,

No era más que un artista tenaz y aventurero,

Hoy vive en un poblacho con hijos y mujer.

Va a misa los domingos, se quita ya el sombrero

Delante de un don Sabas, de un don Lucas, ¿qué /hacer?

La cuestión es asunto de catre y de puchero,

Sin empeñar la Singer, que ayuda a mal comer...

Y esa capacidad de captar y trasmitir el colorido, la vistosidad y la inocencia de la vida aldeana, la dulzura de una sociedad sin grandeza y sin monstruosidad, donde los valores están todavía en el deleite con los oficios y en la nítida precisión de las cosas: el colorido de un mundo que existió realmente, y que a veces existe todavía, el mismo que aparece en los momentos más pintorescos y felices de Cien años de Soledad, ese mundo que en otras regiones de nuestro continente ha sido tan difícil construir (Barba Jacob lo anhelaba así:

Busco una vida simple, y a espaldas de la muerte, no pensar, no fulgir, obscuro trabajar, pensamientos humildes y sencillas acciones, hasta el día en que, al fin, habré de reposar...)

y que fue durante mucho tiempo la realidad cotidiana de la vida en la luz mercurial del Caribe. Un ejemplo suficiente de ese mundo, y de la noble mirada que al describirlo, tácitamente lo celebra y lo agradece, es este retrato de gran pintor:

El barbero de pueblo, que usa gorra de paja,

Zapatillas de baile, chaleco de piqué,

Es un apasionado jugador de baraja

Que oye misa de hinojos y habla mal de Voltaire.

Lector infatigable de El liberal, trabaja

Alegre como un vaso de vino moscatel,

Zurciendo, mientras limpia la cortante navaja,

Chismes, todos los chismes de la mística grey.

Con el señor alcalde, con el veterinario,

Unas buenas personas que rezan el rosario

Y hablan de los milagros de San Pedro Claver,

Departe en la cantina, discute en la gallera,

Sacándole a la vida recortes de tijera,

Alegre como un vaso de vino moscatel.








4 comentarios:

Pablo Hajnal dijo...

La Dificultad
"Cuando tenemos la idea cerrada de tener la mente abierta"
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Anónimo dijo...

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