24 may. 2009

El teorema de Piglia

De Julio César Londoño

De las varias decenas de metros de teoría del cuento publicadas en los últimos veinte años, la tesis de Ricardo Piglia es la que ha corrido con mejor fortuna: "todo cuento siempre cuenta dos historias", dijo el argentino, ilustró su afirmación con con el boceto de un cuento que Chejov nunca escribió ("Un hombre, en Montecarlo, va al casino, gana un millón, vuelve a casa, se suicida") y captó la atención del gremio.

Su tesis tiene tres argucias y una fortaleza: la primera argucia es su tono categórico. Si hubiera escrito "algunos cuentos a veces cuentan dos o más historias", sólo algunos profesores recordarían, a veces, su tesis. Al cerebro lo tranquilizan las afirmaciones generales: nadie olvida leyes como "todos los cuerpos se dilatan con el calor". (Hay que condiderar una diferencia importante: en el lenguaje de la ciencia la palabra todos tiene que ser literal y rigurosa. En literatura puede ser sólo un énfasis, una hipérbole).

La segunda argucia consiste en proponer una tesis sorpresiva, como el final de los cuentos de ingenio: siempre habíamos creído (era incluso un dogma del género) que el cuento debía contar una sola historia; que las tramas secundarias y las digresiones eran cosa de novelistas y adultos gagá.

La tercera argucia es muy argentina, una mezcla de erudición y bluff. Piglia cita figurones: Borges, Kafka, Joyce, la teoría del iceberg de hemingway; y hace afirmaciones con chanfle, proposiciones por el estilo de "todos los cuentos de X, W y K juegan con el recurso Z". Es una proposición irrebatible porque a) nadie ha leído todos los cuentos de X, W y K en clave de Piglia. Y b) si alguien se pone a hacerlo y encuentra excepciones, siempre queda la puerta de emergencia de la hipérbole…

Por ejemplo: Piglia asegura que en todos los cuentos de Borges la historia 2 es siempre la misma (no dice cual). Es falso. Uno puede creer que León Bloy, Chesterton o Kafka o cualquier otro místico, tengan, todos, una obsesión recurrente; pero no Borges, ese gocetas que echaba mano de las religiones y de las filosofías sólo por sus posibiidades estéticas.

La fortaleza estriba en que Piglia argumenta de una manera elocuente: "El cuento clásico (Poe, Quiroga) narra en primer plano la historia 1 (el relato del juego) y construye en secreto la historia 2 (el relato del suicidio). El arte del cuentista consiste en saber cifrar la historia 2 en los intersticios de la historia 1. Un relato visible esconde un relato secreto, narrado de un modo elíptico y fragmentario. El efecto de sorpresa se produce cuando el final de la historia secreta aparece en la superficie". Es una argumentación monolítica, sin resquicios, elegante, como la demostración de un teorema.

También hay debilidades, claro: Piglia cita cuentistas discutibles (Chejov, Joyce, Quiroga, Mansfield); uno de sus ejemplos paradigmáticos, El gran río de los dos corazones, de Hemingway, es un cuento tan malo que no cuenta ni siquiera una historia.

Otro de los ejemplos, Sur, de Borges, cuenta una sola historia, muy floja por cierto. En cambio el tercer ejemplo, La muerte y la brújula, también de Borges, es una ilustración espléndida de la tesis: la historia 1 cuenta las pesquizas del detective Lonrot. La historia 2 nos revela que el inteligente detective no hace sino seguir el camino de granitos de maíz que ha dejado caer, more geometrico, el genial asesino Red Scarlach.

También se equivoca Piglia al asegurar que el ejemplar de Las mil y una noches que aparece en Sur, y el Talmud de La muerte y la brújula, son equivalentes. Es falso. Lo perdió su afición por la simetría. El primer libro es accidental, puede cambiarse por otro libro u objeto sin desmedro de la historia, en tanto que el Talmud es indispensable para que el ignorante pero genial Scarlach pueda tejer la erudita telaraña cabalística con la que atrapará al detective.

Con todo, creo que la tesis de Piglia es un magnífico pretexto de conversación; también, una herramienta útil para leer cuentos policiacos y, en general, cuentos de imaginación. O como dice mi mujer, "la tesis de Piglia es regia para leer cuentos piglianos".

De Julio César Londoño