4 jun. 2009

El ensayo de divulgación


Julio César Londoño

T

al vez no haya un género más necesario que el ensayo de divulgación. Es el que cierra la brecha que separa a esa élite de personas que hacen las ciencias y las humanidades, de nosotros, los "hombres de la calle". Seguir en detalle los meandros del pensamiento del genio es imposible, pero si nos los ponen en buen castellano, los resultados de sus trabajos pueden ser muy comprensibles, y esto es todo lo que necesitamos saber. Los detalles de la gran minga internacional que desembocó en el descubrimiento del mapa del genoma, digamos, son sánscrito puro; pero cualquiera puede entender sus conclusiones y con ellas podemos discutir lo verdaderamente importante: cómo afecta este descubrimiento nuestra cosmovisión, qué males del cuerpo permite prevenir o curar, qué problemas legislativos plantea, cuáles son los límites éticos del ingeniero que manipula cromosomas.

En lo que sigue reseñaré algunos hitos de la divulgación en Colombia y el mundo.

El maestro del género es François Jacob. Sus libros brindan unas panorámicas de las historias de las ciencias, las artes y las religiones en una prosa que envidiaría el mismísimo Proust. Sus conclusiones son siempre reveladoras y sorpresivas: "La ciencia, la magia, el mito y la religión –nos dice en El ratón, la mosca y el hombre– se parecen: todas explican fenómenos visibles por medio de fuerzas invisibles". Esto sí es síntesis. Lo demás es filatelia.

Para "desasnarse" en astrofísica, el indicado es Paul Davies, un ateo con sensibilidad de místico. No lo reseñaré aquí por falta de espacio (de espacio en mi cabeza, se entiende). Para asomarse al mundo microscópico, recomiendo Los secretos de una casa de David Bodanis, "un libro de ciencia que se lee como una novela de misterio", nos aseguran en la contraportada. La comparación es injusta. Los secretos de una casa no es tan jarto. Por el contrario, es un libro donde aprendemos como debe ser, con alegría.

El lector puede ignorar sin pérdida los 347 libros de la enciclopédica obra de Isaac Asimov S. A. porque las enciclopedias, se sabe, son libros de consulta, no de lectura. La Historia del tiempo de Stephen Hawking sigue siendo el libro más vendido y el menos leído en la historia de la divulgación científica. "Vendió millones de ejemplares en 40 idiomas. Y era ilegible en todos ellos", según la cáustica reseña de la revista Talk.

Si a usted le importa más el rigor que el lenguaje, no le pierda pisada a las colecciones Metatemas, de Tusquets, Alianza Universidad, de Alianza Editorial, y Drakontos, de Grijalbo Mondadori. Son libros donde los científicos más destacados del mundo le contarán, sin intermediarios, lo que está sucediendo en el frente de onda de las investigaciones.

Aunque no muy cultivado en Colombia, el género ya tiene aquí algunos autores legibles: Antonio Vélez, que escribió en una prosa sobriamente poética El principio y el fin, la historia de la vida, esa curva del carbono va de los primeros unicelulares al tigre, la mariposa y Mónica Bellucci. También ha escrito Del big bang al big crunch y Homo sapiens, editados ambos por Villegas Editores.

Con menos frecuencia de la que quisiéramos, Fernando Isaza, el rector de la Universidad Tadeo Lozano, escribe unos artículos científicos llenos de gracia e inteligencia sobre los temas más intrincados que uno pueda imaginarse (la revista Número y el suplemento Lecturas de El Tiempo son sus esporádicas tribunas). Orlando Mejía Rivera es el autor de Poesía y conocimiento (Universidad de Caldas, 1997), una reflexión sobre el lenguaje literario que no excluye el tao, los quarks, las teselaciones de Escher, el gato de Schrödinger y los mandalas de Jung entre otras criaturas fantásticas. Es uno de los libros más pedantes y cautivadores que se hayan escrito en el país.

El ensayo de humanidades cuenta en Colombia cuatro nombres principales. El primero es Germán Arciniegas, uno de los pioneros en el mundo de la "historia privada", es decir, del registro de la arista humana y los hechos menudos de los grandes sucesos. Arciniegas repensó la historia con una mirada americanista y un estilo feliz. En su vasta obra se destacan América, tierra firme y Biografía del Caribe.

Donde termina Arciniegas empieza William Ospina, el tolimense que está escribiendo con una prosa hechizada los primeros ensayos sociológicos legibles concebidos en estas tierras. En dos de sus libros, Es tarde para el hombre y Los nuevos centros de la esfera, Ospina arremete contra la mezquindad de nuestros dirigentes, la banalidad de los medios y los publicistas, la irresponsabilidad de los científicos, la insensibilidad de los médicos, la ignorancia y el tedio de los profesores, la voracidad de las potencias y la intolerancia del dios de los hebreos. Esta faena la realiza sin despeinarse y con un arsenal que combina erudición, agudeza y sofismas.

El que quiera conocer en dos horas la historia de los últimos mil años de América y Europa, debe leer Y Occidente conquistó el mundo. En escasas cien páginas Antonio Caballero nos cuenta con su afilada ironía ese tramo de la historia que va de las ballestas de los cruzados a los misiles de los contemporáneos, del Renacimiento al pop, de santo Tomás a Marcuse, de san Isidoro a Borges y de san Jorge a Supermán. Tiene otro libro, Paisaje con figuras, que es el mejor libro de crítica de arte y de literatura escritos en Colombia, y uno de los mejores de la historia del ensayo.

La pregunta por el hombre, de Andrés Holguín, es el lúcido repaso a las numerosas respuestas que los pensadores han ensayado frente a las tres o cuatro preguntas centrales de la filosofía clásica. Es un libro mucho mejor que El mundo de Sofía, esa novela de divulgación que resultó demasiado compleja para los jóvenes y muy tonta para los adultos.

El ensayo de divulgación cumple dos funciones vitales: satisface la pulsión de conocimiento de la especie, y permite la obtención de la masa crítica necesaria para el debate. Sobre el aborto, la eutanasia y las drogas, por ejemplo, tenemos ya un público suficientemente informado para la realización de debates amplios. Urge que otro tanto suceda con la ecología, la geopolítica o la salud. Mientras sigamos ignorando estas cuestiones, muchas decisiones cruciales seguirán tomándose a puerta cerrada y quedarán sólo al arbitrio de la ambición del industrial, la vanidad del científico y el frío ajedrez de la política.






Sobre el arte de un escritor


Eduardo Galeano

El mío ha sido un largo camino hacia el desnudamiento de la palabra: desde las primeras tentativas de escribir, cuando era jovencito en una prosa abigarrada, llena de palabras que hoy me dan vergüenza, hasta llegar a un lenguaje que yo quisiera que fuera cada vez más claro, sencillo, y por lo tanto más complejo, porque la sencillez es la hija de una complejidad de creación que no se nota ni tiene que notarse.

Uno siente primero que el trabajo intelectual consiste en hacer complejo lo simple, y después uno descubre que el trabajo intelectual consiste en hacer simple lo complejo. Y un caso de simplificación no es una tarea de embobamiento, no se trata de simplificar para rebajar de nivel intelectual, ni para negar la complejidad de la vida y de la literatura como expresión de la vida. Por el contrario, se trata de lograr un lenguaje que sea capaz de transmitir electricidad de vida suprimiendo todo lo que no sea digno de existencia.

Para mí siempre ha sido fundamental la lección del maestro Juan Carlos Onetti, un gran escritor uruguayo muerto hace poco, que me guió los primeros pasos.

Siempre me decía: "Vos acordate aquello que decían los chinos (yo creo que los chinos no decían eso, pero el viejo se lo había inventado para darle prestigio a lo que decía); las únicas palabras que merecen existir son las palabras mejores que el silencio". Entonces cuando escribo me voy preguntando: ¿estas palabras son mejores que el silencio?, ¿merecen existir realmente?

Hago una versión, dos o tres, quince, veinte versiones, cada vez más cortas, más apretadas: edición corregida y disminuida.

Inflación palabraria El problema de la inflación monetaria en América Latina es muy grave, pero la inflación palabraria es tan grave como la monetaria o peor; hay un exceso de circulante atroz. Algunos países han tenido éxito en la lucha contra la inflación monetaria pero la inflación palabraria sigue ahí, tan campante. Lo que me gustaría, modestamente, es ayudar un poquito a esa lucha contra la inflación palabraria. O sea, poder ir desnudando el lenguaje. Es el resultado de un gran esfuerzo, y no concluido, porque nace cada vez: a mí me cuesta escribir ahora tanto como cuando tenía 15 ó 16 años y lloraba ante la hoja de papel en blanco porque no podía.

¿Función social?

La literatura tiene siempre una función, aunque no sepa que la tiene, y aunque no quiera tenerla. A mí me hacen gracia los escritores que dicen que la literatura no tiene ninguna función social. A partir del momento que alguien escribe y publica está realizando una función social, porque se publica para otros. Si no, es bastante simple: yo escribo en un sobre y lo mando a mi propia casa, pongo "Cartas de amor a mí mismo" y me emociono al recibirlas. Pero es un círculo masturbatorio (no quiero hablar mal de la masturbación, tiene sus ventajas, pero el amor es mejor porque se conoce más gente, como decía el viejo chiste).

Es imposible imaginar una literatura que no cumpla una función social. A veces la cumple, y es jodido, en un sentido adormecedor, a veces es una literatura del fatalismo, de la resignación, que te invita a aceptar la realidad en lugar de cambiarla, pero a veces es una literatura reveladora, reveladora de las mil y una caras escondidas de una realidad que es siempre más deslumbrante de lo que uno suponía. Por otro lado me parece que lo de la literatura social es una redundancia porque toda literatura es social. Muchas veces una buena novela de amor es más reveladora y ayuda más a la gente a saber quién es, de dónde viene y a dónde puede llegar, que una mala novela de huelgas. No comparto el criterio de una literatura política que además, en general, es aburridísima.